La muerte de Emerson Giovanni Ruiz Acosta, alias Pingüi, ocurrida durante un asalto armado en Fernando de la Mora, volvió a poner sobre la mesa una discusión incómoda para la sociedad paraguaya: la violencia que no empieza con el delito, sino mucho antes, en la exclusión sistemática de amplios sectores sociales.

El caso no solo generó impacto por el desenlace fatal —en el que también perdió la vida la víctima del asalto—, sino por la multitudinaria caravana que acompañó el sepelio del joven, principalmente en motocicletas. Para muchos, esa despedida evidenció un fenómeno recurrente: la romantización de figuras ligadas a la delincuencia en contextos de pobreza estructural.

“Basurización social”: cuando la exclusión marca el destino

psiquiatra, antropólogo e investigador Agustín Barúa
psiquiatra, antropólogo e investigador Agustín Barúa

El psiquiatra, antropólogo e investigador Agustín Barúa analizó el trasfondo del caso y utilizó un concepto contundente para describir la realidad de miles de jóvenes en las periferias: basurización social.

Según Barúa, se trata de personas a quienes el sistema les transmite, de manera constante, que no importan.

“El mensaje que reciben es que son desechables. ¿Qué esperamos de alguien a quien se le dice, explícita o implícitamente, que es basura?”, cuestionó.

El especialista explicó que la exclusión no solo es económica, sino simbólica y emocional. El dolor de no ser aceptado, de no tener lugar en la sociedad formal, genera rencor, desesperanza y una ruptura profunda de los lazos sociales. En ese escenario, la violencia se vuelve una forma de existencia y, muchas veces, el delito aparece como única alternativa de pertenencia.

Un Estado ausente y respuestas tardías

Barúa también apuntó a la responsabilidad del Estado, la Justicia y los organismos de seguridad. Recordó que Ruiz tenía un largo historial delictivo y, pese a ello, permanecía en libertad bajo medidas alternativas, incluso luego de hechos graves como una tentativa de homicidio en la que resultó herida una niña.

“La ausencia de políticas públicas sostenidas deja el terreno libre para que estructuras criminales recluten jóvenes en las periferias”, advirtió, al mencionar cómo grupos delictivos organizados ocupan el vacío que deja el Estado, ofreciendo identidad, protección y recursos, aunque sea a través de la violencia.

Desde su mirada, el problema no puede abordarse únicamente con respuestas represivas o reactivas. “Si no movemos las piezas de lugar, vamos a vivir cada vez más encerrados, con cámaras, rejas y guardias, mientras crece la enemistad social”, alertó.

Caravanas del dolor y muertes anunciadas

El entierro de Pingüi, al igual que otros casos similares registrados en el pasado, fue interpretado por el experto como una “caravana del dolor social”: generaciones enteras que crecieron sin derechos, sin confianza en las instituciones y sin expectativas reales de futuro.

“Son muertes vivientes”, sostuvo Barúa, al señalar que, para muchos jóvenes marginados, morir por una bala, por la mafia o por la indiferencia es parte de un destino asumido.

El caso Pingüi, más allá del hecho policial, expone una problemática estructural que interpela a toda la sociedad: la violencia no nace de la nada, sino de un sistema que expulsa, margina y luego se sorprende por las consecuencias.

Fuente: UH

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