En las calles de Villarrica, algunas paredes dejaron de ser simplemente paredes. Se convirtieron en lienzos capaces de contar historias, despertar recuerdos y transformar espacios. Detrás de varias de esas obras está José Ariel Aguilera, villarriqueño de 40 años, nacido y criado en el barrio Ybaroty, quien encontró en el muralismo una forma de expresión que comenzó casi como un pasatiempo y terminó convirtiéndose en una actividad que lo llevó a recorrer distintas ciudades del país.
Su acercamiento al arte no nació necesariamente con la intención de convertirlo en un oficio. Fue, en principio, un hobby. Con el tiempo creó su propia página y comenzaron a llegar los primeros trabajos. Cada proyecto significó también una oportunidad para aprender y perfeccionar técnicas, avanzando poco a poco de obras pequeñas a desafíos cada vez mayores.
Su primer mural guarda una anécdota que resume, en cierta manera, el espíritu con el que comenzó este recorrido. La oportunidad surgió a través de un compartir, a cambio de un asado. Lo que parecía un simple canje terminó sorprendiendo a quienes estaban presentes.
“Mi primer mural fue un compartir donde era un canje por un asado y al final terminó siendo muy bueno cómo quedó”, recuerda Aguilera. El resultado gustó tanto que los presentes hicieron una colecta para entregarle una pequeña remuneración, además de la cena que ya formaba parte del acuerdo. Un comienzo modesto, pero significativo.
Desde entonces, cada pared se convirtió en un nuevo desafío. Su proceso creativo parte, principalmente, del espacio que tiene enfrente y de las características de cada encargo. Antes de comenzar, observa la superficie, analiza qué técnica puede funcionar mejor y considera los materiales que serán utilizados.

La intención es llegar a un resultado que responda a lo que el cliente imaginó, pero también a las posibilidades que ofrece el propio espacio. Para Aguilera, no existe una fórmula única: cada obra requiere observar, coordinar y adaptar.
Su concepción del muralismo tampoco se limita únicamente a la estética. Hay una idea de permanencia detrás de cada trabajo, una voluntad de dejar algo que pueda ser recordado.
“Dejar un legajo de quien fui y el buen recuerdo que pueda traer ver una obra”, explica al hablar de su estilo y de aquello que busca transmitir.
En ese sentido, su inspiración no responde necesariamente a un único universo artístico. También nace del diálogo con quienes solicitan sus trabajos. Aguilera entiende que los gustos son diferentes y que una obra destinada a un determinado espacio debe construirse teniendo en cuenta a quienes la recibirán.
Entre los trabajos realizados hasta ahora, no elige uno solo como el más importante. Son varias las experiencias que considera significativas, especialmente por las dificultades que debió superar durante el proceso. Cada obra trae consigo una historia y, en algunos casos, un obstáculo que obliga a buscar la manera de llegar al resultado esperado.
Uno de sus trabajos más recientes surgió a partir de una arquitecta que lo contrató y que posteriormente realizó la gestión con los propietarios del espacio. El proyecto implicó todo un proceso de coordinación, pero el resultado terminó dejando satisfechos tanto a quienes lo contrataron como a los dueños del lugar.
Y aunque existen numerosos proyectos en puerta, Aguilera prefiere avanzar paso a paso. “Vamos por proyectos pequeños para de vuelta iniciar con uno grande”, comenta, dejando entrever que detrás de cada nueva obra existe también la posibilidad de asumir desafíos de mayor escala.
EL MURALISMO COMO HUELLA
Para Aguilera, el crecimiento del muralismo y del arte urbano en Villarrica es evidente. Considera que estas expresiones están encontrando cada vez más espacios y reconocimiento, especialmente en un contexto en el que la tecnología permite reproducir imágenes con enorme facilidad.
Sin embargo, para él existe algo que ninguna herramienta tecnológica puede reemplazar: la intervención humana.
“Actualmente la tecnología hace cosas muy buenas, pero no creo que supere jamás a algo hecho por el hombre”, sostiene.
Incluso las pequeñas imperfecciones forman parte de la identidad de una obra. Son precisamente esos detalles propios de lo hecho a mano los que pueden otorgarle carácter y convertir una pared en una pieza única.
Además del muralismo, Aguilera trabaja sobre distintos tipos de lienzos y realiza trabajos artísticos variados. Su actividad no se limita a Villarrica. A lo largo de los años llevó su trabajo a ciudades como Asunción, Luque, Eusebio Ayala, Coronel Bogado y Ciudad del Este, entre otros lugares.
El muralismo convive con su actividad laboral cotidiana, por lo que la posibilidad de aceptar nuevos proyectos depende también de los tiempos y de la coordinación necesaria para trasladarse a otras ciudades.

Quienes quieran conocer sus trabajos o contactar con él pueden encontrarlo en redes sociales como Jotarielartes en Instagram y TikTok, mientras que en Facebook se encuentra como Jota Ariel, además de su cuenta personal.
Más allá de las paredes intervenidas, las técnicas aprendidas o los proyectos que todavía esperan convertirse en realidad, Aguilera parece tener claro qué quiere dejar a su paso: una huella positiva.
“A veces es bueno dejar legados buenos, recuerdos buenos, porque un artista plasma cosas que las personas sueñan, anhelan o desean y eso inspira a otros a seguir”, afirma.
Quizás allí se encuentre la esencia de su trabajo. En transformar una pared en algo que permanece, en convertir una idea en una imagen y, finalmente, en dejar en el paisaje cotidiano de una ciudad un pedazo de quien estuvo allí para pintarlo. Porque para José Ariel Aguilera, cada mural no es solamente una obra terminada: también es una oportunidad de dejar un buen recuerdo.
