PELIGROSO AFIANZAMIENTO DE LA MAFIA EN GUAIRÁ -Por Alvino Villalba

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PELIGROSO AFIANZAMIENTO DE LA MAFIA EN GUAIRÁ -Por Alvino Villalba

No existe la casualidad sino la causalidad, sostiene un principio filosófico. Las cosas ocurren por una causa (o por varias) y no de forma casual o "a

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No existe la casualidad sino la causalidad, sostiene un principio filosófico. Las cosas ocurren por una causa (o por varias) y no de forma casual o «al azar». Por eso, juzgar solo el hecho en sí, sin considerar las causas, hace que el juicio -por lo general– no sea justo y a la hora de procurar enmendar un hecho desagradable, dicha enmienda no será suficiente ni satisfactoria ni duradera; pues, si las causas siguen intactas, producirán las mismas o peores consecuencias.

 

Es sabido que no podemos solucionar los efectos sin solucionar primeramente sus causas; no podemos “sanar” las hojas y ramas podridas de un árbol, sin sanar primero sus raíces y tallos podridos. La raíz podrida es la causa por la que las hojas se han secado. Entonces, todo el esfuerzo por salvar las hojas secas será en vano si la raíz sigue podrida. Quizás sea reiterativo, pero es conveniente ubicar que muchos de los problemas que ocurren (a la vista de todos) son efectos o consecuencias de otras situaciones anteriores consideradas “causas”. Todas las cosas que ocurren tienen sus causas. Empeñarse en solucionar los efectos sin solucionar sus causas, es como pretender inflar un globo agujereado; haciendo las cosas de ese modo, nunca se alcanzará el objetivo y solo nos hará dar vueltas cual caramelo en boca de un anciano sin dentadura completa.

 

No obstante, cuando acontecen unos hechos trágicos, la primera reacción es de repudio del hecho en sí; lo extraño es que –al mismo tiempo que se desprecia ese hecho trágico– se puede percibir también cierta aceptación de la causa que ha ocasionado dicho hecho. Este aprecio de la causa y desprecio del efecto es el reflejo del deterioro moral o de la pérdida del sentido ético que experimenta una sociedad tan “familiarizada” con el crimen. Por eso, algunos tienden a admirar o envidiar la vida opulenta de los mafiosos (narcotraficantes, supermercadistas contrabandistas, evasores de impuestos, usureros, politiqueros corruptos, invasores devenidos en latifundistas de renombre, entre otros) y también tienden a repudiar los hechos cometidos o las consecuencias horrorosas que la mafia crea y deja en la sociedad. Esta incoherencia entre despreciar los efectos (consecuencias) y admirar las causas (o a los causantes) es un verdadero problema que sobrepasa cualquier simplismo hermenéutico; pues, esto conlleva a anular el sentido ético de las acciones humanas. Cuando la gente no distingue lo bueno de lo malo, la sociedad se encamina al caos y a la barbarie.

 

Los asiduos crímenes horrendos, la generalizada inseguridad, la impunidad de los criminales, entre otros hechos, son efectos preocupantes de un innegable afianzamiento de la mafia en nuestro país. Y es que algunas organizaciones políticas (como la que gobierna el país en casi todos los periodos desde hace casi cien años) están lideradas por las mafias; así, estas organizaciones criminales imponen sus leyes, sus prácticas y sus proyectos sobre todos nosotros, desde el mismo Estado. Por eso, algunos sectores de la sociedad civil e incluso las organizaciones políticas diferentes a las hegemónicas sostienen que el “Estado paraguayo está secuestrado por la mafia”.

 

Vemos claramente que el crimen organizado ha ido organizando también las políticas del Estado paraguayo tras acaparar algunos partidos políticos que decidieron pisotear sus propios principios y doctrinas para arrodillarse ante el sucio dinero que –casi siempre– está manchado con sangre de muchos seres humanos. Esos mafiosos mimetizados en algunos partidos políticos son los más grandes causantes de estos hechos tan horrendos que acaecen en el escenario social regando con sangre el suelo paraguayo.

 

Deberíamos entender muy bien esto: quienes se abrazan a ellos (a los mafiosos), como vemos en las fotos oficiales, también están abrazando sus proyectos, sus planes y sus métodos. Por eso vemos con pena y decepción a gente que se presentaba como “diferente” abrazándose con los mafiosos de renombre a quienes antes decía repudiar. Aunque –así como he afirmado en otro artículo– es poco razonable pretender colocar la idea de que alguien que es miembro de esa organización con esas características, sea una persona “honesta” o “buena” o “diferente” a los otros miembros. Pues, quien forma parte de una organización, lo hace porque simpatiza, comulga y/o está de acuerdo con sus doctrinas, sus prácticas y con sus fines; además, se forma parte de una asociación para cooperar con ella, seguir defendiendo, consolidando o promoviendo sus prácticas y fines. Si alguien quisiese lo contrario, si fuese “diferente” o si estuviese en desacuerdo, no estaría en sus filas (dentro de esa organización).

 

Hagamos que nuestra sociedad sea como un árbol sano, grande y fuerte, capaz de dar sombra y oxígeno a todos. Un árbol así se logra cuidándolo entre todos, no solo las ramas y hojas sino primordialmente su raíz.

 

Al Vino.

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