OPINIÓN: Sobre pompas reales y evasión

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OPINIÓN: Sobre pompas reales y evasión

Por Juan Carlos Decoud Fernández Max Weber aportó a las ciencias sociales el concepto de los tipos de dominación, es decir, aquellos sistemas de le

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Por Juan Carlos Decoud Fernández

Max Weber aportó a las ciencias sociales el concepto de los tipos de dominación, es decir, aquellos sistemas de legitimación mediante los cuales una sociedad obedece a quienes ejercen el poder.

En su tipología, el sociólogo alemán analizó tres formas de dominación: La racional legal, la carismática y la tradicional. Esta última es aquella que en su proceso de legitimación apela al “eterno pasado”, a “lo que siempre fue así” y que, como tal, “no admite innovaciones” (por lo menos de la esencia de su poder).

Y la monarquía británica la tiene bien aprendida, incluso en las “adecuaciones” modernizadoras que imprime a su tradición. Adecuaciones, como el sistemático uso de la televisión que aporta su poder para causar conmoción en una masa sin capacidad ni tiempo para una discriminación crítica de lo que “ve”.

La televisión, en efecto, es una mediación de rituales. Muy poco de lo que muestra la “caja” es invento suyo. Casi todo lo trae de las leyendas épicas (batallas, guerras, mundiales de fútbol, etc.), de las historias de conquista (llegada del hombre a la luna, victorias deportivas, historias de éxito, etc.) y de los rituales de coronación (bodas o funerales reales, sucesiones papales, posesiones presidenciales, eventos de premiación, etc.).

Con esos relatos, resulta perfectamente funcional a la perpetuación de la dominación de una monarquía sumamente ágil en aggionarse a las demandas de los tiempos. En efecto, la monarquía británica fue la primera en adaptarse a un régimen parlamentario, lideró la transición desde el modelo feudal al industrial y accedió a las demandas de la prensa amarilla, a la que aprendió a utilizar estratégicamente como recurso de legitimación.

Relacionado con eso, lo novedoso de la televisión se encuentra en su poder de conmoción apelando a lo más básico del desarrollo humano, a eso que el psicoanálisis denomina pulsión escópica, o impulso a “ver”; tendencia a “espiar” y de “extrañarse”, de sorprenderse/me respecto de todo “lo ajeno que deseo para mí y que cuando menos lo puedo alcanzar, más lo deseo”.

La monarquía, en su evocación al eterno pasado, apela al recurso de mostrar; mostrar lo que le conviene y ocultar lo que no. Siguiendo a Jürgen Habermas –filósofo alemán como Weber-, la opinión pública feudal consistía en la “representación” ante la “plebe” del poderío del señor. Y en pleno Siglo XX la realeza británica –como las de otras nacionalidades- encontró a su medio de “representación” más efectivo: La televisión.

La monarquía –especialmente la británica- domina “mostrando”; “ostentando” sus pompas, sus caravanas, sus rituales, sus vestuarios, sus fanfarrias, sus bodas y funerales reales. Pero ahora, lo hace por TV (y, mucho más ahora, por internet), ese medio que interpela a un espectador desprovisto de precauciones intelectuales, sumergido en su cotidianeidad de la que logra huir por la ventana virtual de la “caja” mediante su identificación con una princesa o reina; tan lejana desde lo “real”, pero tan cercana desde lo imaginario.

Glenda Umaña –“estrella” de la CNN- lo explicitaba muy bien en el año 2011: “Cada mujer estará sintiéndose una princesa al ver esta boda”. Expresión sintética de cómo el periodismo -todo el periodismo, pero más el televisivo- asume disciplinadamente la función de legitimar la tradición, sin la mínima mención de sus contradicciones. Entre otras aseveraciones, Glenda explicaba que “la reina británica, según las normas de la iglesia anglicana, tiene el poder de anular cualquier matrimonio”. Pero la “estrella” del periodismo global no asomaba la mínima mención del origen histórico de esa potestad real que, entre otros abusos, fue impuesta por el Rey Enrique VIII a costa de muchas vidas, entre ellas, las de sus esposas y la de su principal asesor, Santo Tomás Moro.

Identificándose “plenamente” con el ama y el amo de casa que veían la boda por TV, Glenda destacaba el origen plebeyo de la princesa Kate. “Una princesa que cocina, lava, plancha y baila en alguna disco londinense”, eran frases recurrentes y al unísono en todo el periodismo –amarillo y “serio”. Una princesa tan cercana al pueblo como su finada suegra Lady Di, recordada por el “gran mérito” de haber “estrechado sin guantes las manos de los enfermos terminales de la India y del África”.

Así, el periodismo global –como el de la CNN- y el periodismo local llegan al máximo del juego deseo/extrañamiento y responden disciplinadamente a la estrategia de “autoperpetuación” de la monarquía que, con inteligencia, se adecua a las demandas de “modernización”, exhibiendo (parcialmente) mediante lo audiovisual, los signos de su poderío, “enalteciendo” a una plebeya al grado de alteza real, invitando a su “fiesta” a los máximos exponentes de la cultura popular (fútbol, música, moda, etc.) y saludando al pueblo embriagado con la sonrisa que oculta extáticamente las disputas y el origen del poder.

El periodismo mediatiza esta exhibición, pero con un silencio cómplice –salvo tímidas excepciones- respecto de detalles como el costo de las fiestas reales, el origen de la fortuna que las financia y los discursos que cuestionan tanto la exuberancia de las pompas como la existencia misma de la monarquía con sus complicidades hacia explotaciones de pueblos enteros, guerras y posiciones geoestratégicas ostensiblemente inmorales.

Así, como un destacado instrumento de toda forma de dominación, esta vez al servicio de la dominación tradicional, la TV y sus herederas audiovisuales nuevamente muestran su recurrente ritual de coronación, disciplinadamente divinizan a la reina que “marcó una era” y, eficazmente, acallan la mínima mención de crítica histórica.

¿Y la masa? Bien y gracias por esta dosis de evasión que nos aleja imaginariamente de la realidad.

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